El problema principal de todo esto, aparte de las inseguridades que nos genera el pensar que "hemos sido estúpidos", es el hecho de que luego nos cuesta confiar de nuevo al iniciar otra relación. Queremos evitar a toda costa que nos vuelva a ocurrir lo mismo y nos mantenemos alerta para no perdernos las mínimas señales. Obviamente, esto no es nada sano, porque no podemos relajarnos y ser felices, ni tampoco podemos brindar a la nueva persona la estabilidad que probablemente se merezca.
Por esto creo que lo más inteligente es ser concientes de que no cometimos un error al confiar, sino todo lo contrario: hicimos lo que era razonable hacer, confiar en la persona a la que queríamos y vivir plenamente nuestra relación. Quien falló fue nuestra pareja al traicionarnos, al no ser honesta con nosotros y no correspondernos con la fidelidad o la confianza que debidamente nosotros esperábamos.
¿Qué lo pasamos mal?, pues sí, lo pasamos mal, y es normal que tengamos miedo a que el episodio se repita, pero si andamos continuamente guardándonos las espaldas para evitarlo también lo pasamos mal, porque evidentemente una continua paranoia no hace feliz a nadie.
No podemos prever las intenciones ni los actos de los demás, y mucho menos controlarlos, es por esto que al iniciar cualquier relación corremos el riesgo de que algo salga mal, pero... ¡¡no podemos olvidar que también existe la posibilidad de que salga bien!! :D
Dejarnos llevar por nuestras emociones es una forma de sentirnos vivos, y no podemos permitirle a nadie que nos arrebate esa capacidad. Cuando las cosas salen mal lo mejor podemos hacer es aprovecharlo para hacernos más fuertes buscando nuestras formas de alcanzar la felicidad.
Veamos la presencia de esa nueva persona como una oportunidad para aprender de nuevo el valor de la confianza, y para mostrarnos a nosotros mismos que somos lo suficientemente valientes, los suficientemente fuertes como para echar tierra sobre los sufrimientos pasados y eliminar los sentimientos y los pensamientos que están asociados a quien no nos supo valorar, y por tanto, a quien no nos merece.
Y... ¡otra cosa!, creo que esta entrada es la excusa idónea para introducir una frase que circula por internet, aunque no sé quien es el autor, que es fantástica: "Odiar a alguien es ponerle demasiada importancia". Pues eso... ¡quítale hierro al asunto y siéntete obligado a sentirte bien de nuevo! :D
Yaoud

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