sábado, 21 de mayo de 2011

Sobre la decepción.

Cuando ponemos un proyecto en marcha siempre nos gusta hacérselo saber a las personas de confianza: a los mejores amigos, a los padres... Parece que notar el entusiasmo de ellos nos saca de dudas sobre si lo que vamos a hacer es algo realmente importante o un capricho que ya se nos quitará, ya que nuestro propio entusiasmo inicial a veces nos impide discriminar entre ambas cosas.
El caso es que cuando compartimos estos proyectos con otros les creamos una expectativa sobre lo que podríamos conseguir y esto hace que se añada, al miedo al fracaso, el miedo a decepcionar a los demás.
Otras veces, cuando no se trata de proyectos personales sino de lo que se espera de nosotros en las propias relaciones, el miedo a la decepción es aún mayor, porque ni siquiera sabemos exactamente cuáles son las expectativas que tendríamos que cumplir.
Creo que es por esto por lo que cuando sabemos que hemos decepcionado a alguien sentimos la tristeza, a la par que la culpabilidad y algo de vergüenza propias de quien se decepciona a sí mismo. Supone para nosotros un importante fracaso personal.
Por esto es que considero sano que siempre pongamos las cartas sobre la mesa, que siempre tratemos de hacerles saber a los nuestros, al igual que tratar que nos digan a nosotros, qué es lo que esperamos mutuamente.
Podríamos evitar tal vez así hacernos expectativas falsas y llevarnos decepciones innecesarias que a veces solo radican en el hecho de esperar más de lo que los otros están dispuestos a dar, o simplemente de las ignorancia, de pasarnos detalles por alto que a ojos vecinos parecían ser algo más que simples detalles.
Yaoud.

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