Estaba triste y sentía una gran ansiedad. La tristeza la llevaba bien, había aprendido a controlarla cuando comprendió que no podía seguir lloriqueando sin razón alguna por los rincones. Pero la ansiedad... eso ya era otra cosa. La ansiedad le producía malestar en el estómago y punzadas en el pecho, y hacía que solo sintiese ganas de estar en la cama tomando paracetamol con ron y oyendo música deprimente.
Pero no lo había hecho -¡Qué conste!-, había cambiado la cama por la silla del escritorio, la música deprimente por Fito y Fitipaldis, el ron por Steinbourg, y el paracetamol por el chocolate.
Y para su sorpresa, podía concentrarse en las actividades que más placer le producían, e incluso en alguna que otra de sus obligaciones (las que cumplió, porque tenía la maldita manía de dejar las cosas a medias).
Se propuso no dejarse hundir, y se le quedaron los ojos como platos al comprobar que lo había conseguido. Liberarse del dramatismo no había sido tarea fácil... pero lo había hecho, por sí misma. Logrado.
Yaoud
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